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domingo, 29 de enero de 2012

A vueltas con las Humanidades

Hablar sobre el lugar de las Humanidades en nuestro sistema de valores es una discusión recurrente. Y si contemplamos su presencia en los planes de estudio (secundarios y universitarios), el asunto puede llegar a convertirse en lucha denodada.

La espada de Damocles sigue pendiendo sobre unos saberes que parecen sobrar en nuestro relativizado mundo (también universitario). Han surgido ya muchas voces en todo el mundo sobre la supresión de determinados estudios de poca demanda (todos sabemos a qué estudios se refieren cuando se habla en tales términos...).

La penúltima amenaza -que yo sepa- viene de los Estados Unidos. Pero también allí han surgido numerosas respuestas al anuncio de supresión, en la Universidad de Albany de los estudios humanísticos y clásicos, de lenguas italiana y francesa, entre otros.
La reacción no se hizo esperar: el 17 de febrero de 2011, la Academia Americana de Artes y Ciencias anunció la creación de una Comisión Nacional en pro de la enseñanza y la investigación en humanidades y ciencias sociales.

Uno de los profesores americanos más beligerantes en la defensa de las Humanidades es Stanley Fish, que escribe habitualmente en el blog Opinionator de The New York Times. Precisamente, una entrada suya del mes de junio se titula El Triunfo de las Humanidades, y constituye una original defensa de los estudios humanísticos. Con frecuencia Fish comenta que, si el criterio para seguir manteniendo departamentos de Humanidades lo constituyen la productividad, la eficiencia y la satisfacción, "olvidémonos de haber entendido qué son realmente esas disciplinas universitarias". Tampoco habremos entendido lo que es la Universidad, porque la equipararemos a una empresa o a una industria, generadoras de beneficios.

Otro profesor universitario, Matthew J. Milliner acudió también en defensa de la validez y oportunidad de los estudios humanísticos en un artículo titulado The Useless University, donde acude a argumentos de Sócrates (el saber ha de ser buscado en vista a la belleza y al bien) o de John Henry Newman desarrollando el pensamiento socrático en su idea de la universidad.

Acabo con una iniciativa que merece la pena conocer: la web 4humanities, de la Universidad canadiense de Alberta, dirigida a luchar por la validez de las Humanidades y a coordinar esfuerzos al respecto.

lunes, 5 de octubre de 2009

¿Cómo lo celebramos..?

Me he enterado, mal y tarde, de que hoy es el Día Mundial del Docente, que la UNESCO instituyó hace quince años.


Lo cierto es que tal evento me lo tomo con la misma intensidad que el día del trabajo, el de los enamorados o el de los buscadores de setas… si es que lo hay. Se supone que debe aprovecharse la ocasión para homenajear al profesorado, intentando ensalzar lo trascendental de una labor que la sociedad cada vez reconoce menos. Se supone que es un día para dar una palmadita en la espalda a quienes la tienen encorvada por el peso propio y el de los problemas ajenos…


No dedicaría estas líneas a tal ocasión, si no fuera porque este año nuestro Presidente del Gobierno nos ha dirigido una Carta Abierta, como lo hizo Sarkozy a poco de llegar al poder.

Y ¿qué nos dice?


Fundamentalmente, habla de promover un gran pacto educativo que mire al futuro con ambición, con la ambición de un país que aspira a la excelencia y sabe que tiene en la educación la palanca principal para alcanzarla.


¿Es tender a la excelencia promover la igualdad –por abajo- de nuestros alumnos? ¿Es tender a la excelencia apoyar económicamente a los centros en función del número de aprobados? ¿También lo es mantener las guarderías de adolescentes en que se ha convertido buena parte de la ESO? ¿Se puede llegar a la excelencia escamoteando a los alumnos el valor del propio esfuerzo?


Es verdad que hace balance de lo alcanzado en los últimos años, pero para mostrar un panorama idílico: Hemos avanzado mucho (…) contamos con las generaciones mejor preparadas de la historia de España (…) Nunca España había tenido tanto potencial de futuro…


Al final, acude a nosotros, los profesores, para que echemos una mano, y para decirnos que no podemos construir un mejor futuro sin vosotros. A lo mejor, a partir de ya, nos van a tener más en cuenta a la hora de plantear novedades pedagógicas, establecer curricula y hacer planes de educación… Desde Pandora, la esperanza es lo último que se pierde.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

¡Feliz año docente y discente!

Cuando estrenamos año, todos nos sentimos con ganas de hacer cosas nuevas o, al menos, de hacer las cosas de siempre con un ímpetu renovado. Por eso, en esta ocasión deseo simplemente remitirme a algunas páginas de las que aprendo mucho. Y, a la vez que les doy las gracias por su permanente ejemplo, aprovecho para recomendarlas a quienes sean -o quieran ser- unos inquietos enseñantes: un paseo virtual por las palabras de Carlos, Ana, Margalida y Olga, entre muchos otros, les harán recapacitar sobre la tarea docente del mundo clásico. Y leer los blogs de alumnos como M@riel o Jaume es como una inyección de optimismo sobre el futuro de nuestras materias.

Con tales compañías, 2009 será un muy buen año.

sábado, 2 de agosto de 2008

ADULESCENS

El paisaje cotidiano (¡entiéndaseme bien!) que tenemos ante la vista muchos docentes en nuestra vida profesional es la adolescencia. Se trata, probablemente, de la etapa de la humana existencia que ha llenado más páginas y que ha provocado más disgustos, lágrimas, incomprensiones, desengaños... siendo, sin embargo, la época más rica de la vida.

Hay dos visiones de la adolescencia, y ambas proceden de su etimología latina -adolesco- que tiene un significado original de llevar el fuego de una vida nueva y, de ahí, crecer, desarrollarse, desenvolver la razón, el ardor... Más tarde, por su evolución pasa a adolecer, carecer, tener defectos...

Si nos fijamos en la primera acepción, veremos la adolescencia como la etapa del crecimiento (¡y no solo físico!), de la fuerza, de la expansión, de las posibilidades...; en definitiva, de la eclosión de una vida llena de expectativas.
Pero si aceptásemos el sentido derivado (en el que la imaginación juega más que la realidad), veríamos al adolescente como a un enfermo a la espera de su curación; y, mientras tanto, poco se podría hacer sino aguardar a que se cure...

Hasta aquí, las digresiones más o menos lingüísticas. Porque la vida es más rica y, acogiéndose al primero de los sentidos citados, todo educador tiene ante sí una tarea que puede ser ardua, pero que también es ilusionante.
No creo exagerar si digo que, para un profesor, es un privilegio asistir, año tras año, a esa eclosión de vida, a la aparición de proyectos e ilusiones. Y todo ello mezclado con inseguridades, dudas, rabietas, pseudofracasos...
Con la experiencia que dan los años, se puede llegar al difícil equilibrio que supone educar a adolescentes: saber cuándo se ha de estirar la cuerda, cuándo se debe acortar; en qué momentos se ha de ser inflexible y cuándo debemos utilizar la paciencia; saber interpretar aquel enfado repentino, o esa euforia que parece injustificada; exigir con comprensión, orientar sin imposiciones, escuchar cuando necesitan hablar, callar cuando no quieren oir, suavizar un exceso, levantar un ánimo decaído, crear expectativas, abrir horizontes...

Y, para eso, hay que tener el ánimo despierto y captar lo que hay detrás de aquella cara ceñuda, de aquella aparente indolencia o de aquel semblante sonriente. Y, sin volverse infantiloides ni querernos convertir en colegas, hay que ponerse en su lugar y activar las inmensas posibilidades de cada persona.

Ya dije hace menos de un mes, que es muy gratificante la convivencia diaria en clase con adolescentes. En los comentarios a esa entrada, una alumna valoraba el hecho de "fijarse en los pequeños detalles" y "tener un ojo encima de cada uno de nosotros cada día".

Quizá a veces no lo parezca, pero lo que se dice y, sobre todo, lo que se hace, queda y da sus frutos. Siempre.

viernes, 28 de marzo de 2008

EL ÚLTIMO BATALLÓN

El lector agradecerá ver aquí palabras ajenas, si superan claramente las que yo pueda escribir. Por eso no es la primera vez que recojo una opinión de Francisco Sianes. Su distinción entre profesores y maestros cabría sin duda matizarla y merecería una explicación pero, aparte eso, el mensaje central de su escrito me parece de lo más lúcido. He hecho un resumen, aunque puede verse el artículo entero en su blog.

En el irrecuperable pasado, los profesores de instituto habían sido esos alumnos respetuosos, aplicados y estudiosos, algo indolentes, amantes de la tranquilidad y los placeres serenos que llegaron a sus puestos de trabajo con la convicción de arribar a un puerto benigno donde la mercancía de sus conocimientos sería recibida con ilusión; (...)

Pero esta singladura sólo era posible en un orbe donde el conocimiento aún era respetado. (...)

A la sombra, los maestros esperaban su turno: en otro tiempo habían sido esos alumnos con escasas luces, rencorosos con los "empollones", astutamente trepas y con una ambición política desmesurada que comprendieron pronto que su poder no es el saber y planificaron hacerse con el poder a secas. Con la perseverancia del vengativo, se hicieron con las antiguas fortalezas políticas (las directivas y los cargos sindicales y políticos) y levantaron otras nuevas (APAS, departamentos de orientación y pedagogía). Manejando los hilos del "politiqueo", ocuparon también las facultades "blandas" (quién ignora que el acceso a la docencia universitaria es cualquier cosa menos meritocrático)(...)

Lo que les esperaba a los profesores! Atenazados por la cuádruple pinza del rencor maestril, sindical, psicopedagógico y universitario, habían quedado vendidos en tierra de nadie. ¿Reaccionaron? Claro que no. Ellos estaban hechos de otra pasta: detestaban la sangre, fajarse en la batalla cuerpo a cuerpo: ¡ellos eran ilustrados! (...)


Casi todos acabaron cediendo, ignorantes de que la cesión ante los airados nunca calma el rencor: sólo lo enardece. Hoy se sienten incapaces de recuperar el terreno perdido: se han rendido.

Solo unos cuantos -se dice que son trescientos- resisten aún. Irreductibles, estragados, mantienen firmes sus mermadas filas, conscientes de la derrota "pero nunca en doma". A veces, una ligera brisa de esperanza hace crujir y ondear sus parcheados estandartes. Entonces sus mandíbulas y puños apretados se relajan un instante y ríen juntos. En esos momentos luminosos, incluso la victoria parece posible.

Ni ellos mismos saben cuánto depende de que ese último batallón no rompa filas jamás.