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jueves, 17 de febrero de 2011

Reencuentros

Anteayer estuve de nuevo en mi antiguo instituto. Me habían invitado a dar unas charlas a alumnos de segundo de bachillerato, con objeto de motivarles y ayudarles en la toma de decisiones de cara a su futuro más inmediato.
Desde principios de curso no pisaba aquellos lugares tan familiares, y la verdad es que pasé una mañana estupenda.

La excusa de mi visita creo que resultó bien: siempre es grato ayudarles, motivarles, abrir horizontes, despejar dudas... Pero lo mejor fue el contacto humano con casi todos los profesores conocidos y con un buen número de alumnos que también lo fueron míos hasta hace bien poco.

Resultaron entrañables los constantes saludos, más o menos largos, de esos alumnos que me explicaban su vida académica de este curso, sus aspiraciones, sus temores...

Pude estar unos minutos al final de la clase de Griego de segundo  y constatar el buen ambiente reinante. Vino a ser como retroceder unos meses...

Puede dar la impresión de que añoro las aulas, los alumnos... En parte es verdad, porque es imposible olvidar de repente cuarenta años de actividad. De todas formas, siempre hay ocasiones para seguir en contacto. Por ejemplo, con este  blog. Y con otras cosas: mañana me reuniré con un grupo de mis antiguos alumnos alrededor de un café. También eso está bien.

sábado, 2 de agosto de 2008

ADULESCENS

El paisaje cotidiano (¡entiéndaseme bien!) que tenemos ante la vista muchos docentes en nuestra vida profesional es la adolescencia. Se trata, probablemente, de la etapa de la humana existencia que ha llenado más páginas y que ha provocado más disgustos, lágrimas, incomprensiones, desengaños... siendo, sin embargo, la época más rica de la vida.

Hay dos visiones de la adolescencia, y ambas proceden de su etimología latina -adolesco- que tiene un significado original de llevar el fuego de una vida nueva y, de ahí, crecer, desarrollarse, desenvolver la razón, el ardor... Más tarde, por su evolución pasa a adolecer, carecer, tener defectos...

Si nos fijamos en la primera acepción, veremos la adolescencia como la etapa del crecimiento (¡y no solo físico!), de la fuerza, de la expansión, de las posibilidades...; en definitiva, de la eclosión de una vida llena de expectativas.
Pero si aceptásemos el sentido derivado (en el que la imaginación juega más que la realidad), veríamos al adolescente como a un enfermo a la espera de su curación; y, mientras tanto, poco se podría hacer sino aguardar a que se cure...

Hasta aquí, las digresiones más o menos lingüísticas. Porque la vida es más rica y, acogiéndose al primero de los sentidos citados, todo educador tiene ante sí una tarea que puede ser ardua, pero que también es ilusionante.
No creo exagerar si digo que, para un profesor, es un privilegio asistir, año tras año, a esa eclosión de vida, a la aparición de proyectos e ilusiones. Y todo ello mezclado con inseguridades, dudas, rabietas, pseudofracasos...
Con la experiencia que dan los años, se puede llegar al difícil equilibrio que supone educar a adolescentes: saber cuándo se ha de estirar la cuerda, cuándo se debe acortar; en qué momentos se ha de ser inflexible y cuándo debemos utilizar la paciencia; saber interpretar aquel enfado repentino, o esa euforia que parece injustificada; exigir con comprensión, orientar sin imposiciones, escuchar cuando necesitan hablar, callar cuando no quieren oir, suavizar un exceso, levantar un ánimo decaído, crear expectativas, abrir horizontes...

Y, para eso, hay que tener el ánimo despierto y captar lo que hay detrás de aquella cara ceñuda, de aquella aparente indolencia o de aquel semblante sonriente. Y, sin volverse infantiloides ni querernos convertir en colegas, hay que ponerse en su lugar y activar las inmensas posibilidades de cada persona.

Ya dije hace menos de un mes, que es muy gratificante la convivencia diaria en clase con adolescentes. En los comentarios a esa entrada, una alumna valoraba el hecho de "fijarse en los pequeños detalles" y "tener un ojo encima de cada uno de nosotros cada día".

Quizá a veces no lo parezca, pero lo que se dice y, sobre todo, lo que se hace, queda y da sus frutos. Siempre.

domingo, 8 de julio de 2007

ORIENTACIÓN

He abierto, para ir construyendo alguna cosa en verano e iniciarlo definitivamente en Septiembre, un nuevo blog.
(¡Ana! Y eso que no asistí a ninguno de tus cursos...).

En este caso se trata de ofrecer a los alumnos de bachillerato de mi Instituto, pero abierto a todos sin excepción, una herramienta que agrupe temas diversos de Orientación académica y profesional.

Hace bien poco, Carlos provocó un cierto debate acerca de la oportunidad de los departamentos de Orientación en los centros. Como en todo, supongo que habrá bueno, malo y regular. Siempre depende de las personas.

Lo que sí tengo muy claro es que un profesor que se ocupe de sus alumnos (de algo más que de impartir conocimientos) tiene la oportunidad de conocerlos bastante bien. Y, si es el tutor, con más motivo.
Por eso me he animado a crear ese blog: he sido durante decenios tutor de COU y, después, de segundo de Bachillerato. Y llevo también mucho tiempo siendo el Coordinador de ese nivel. Si mi experiencia personal puede aportar algo, quizá los alumnos se verán beneficiados.

Invito a todos a criticar, completar, comentar, etc. cuantas cosas se os ocurran. Seguro que así el blog se enriquecerá.

sábado, 24 de marzo de 2007

¿ALUMNOS? ¡PERSONAS!

Al acabar la primera evaluación, estuve un buen rato hablando con Sonia, una chica de mi tutoría, aunque no es, ni ha sido, alumna mía en ninguna asignatura. Quizá por eso es más fácil plantear según qué cosas y hablar de forma más directa y sin condicionantes.

La razón de la entrevista era de peso: los ocho suspensos que había tenido en su estreno en segundo de bachillerato. Desánimo, frustración, ganas de abandonar, pérdida de toda ilusión... Y no eran suspensos injustos: eran fruto de la desgana, de la falta de alicientes, de la incapacidad ante el esfuerzo que se le pedía.

Tras un buen rato de charla -y de hacer de psicólogo gratuito- salió de la conversación algo más animada. Al cabo de unos días, cuando la tormenta ya había amainado, volvimos a hablar para establecer un plan de actuación: cómo enfrentarse al esfuerzo que supone el estudio de manera gradual, progresiva, pero constante. Durante los meses pasados, cada vez que nos cruzábamos por un pasillo intercambiábamos gestos -por mi parte, interrogativos; por la suya, respuestas mímicas de poco convencimiento, o bien de satisfacción por pequeños logros alcanzados-. Volvimos a hablar brevemente alguna vez para que el listón del trabajo no bajara.

Ayer viernes, vino a verme a la hora del descanso: quería darme las gracias porque había bajado a tres suspensos en la segunda evaluación. Cuando le respondí que el mérito era suyo, tan sólo me comentó: de acuerdo, pero sin las palabras de ánimo que me dijiste hace unos meses, yo no habría seguido adelante.

A veces cuesta muy poco elevar el punto de mira de los alumnos, cuando sus ánimos están por los suelos: hacerles volar algo más alto en vez de arrastrarse por el suelo. Y creo que debemos intentarlo. Yo no sabría dedicarme exclusivamente a enseñar Latín y Griego, olvidándome de que delante tengo personas; con sus complejidades y sus defectos, pero que a veces están gritando en silencio que alguien les eche una mano.

lunes, 8 de enero de 2007

ORIENTAR Y EDUCAR

Hemos acabado las vacaciones, y aprovecho el comienzo de las clases para reflexionar sobre una de las tareas a la que dedico tiempo: como soy el Coordinador de bachillerato, me corresponde la Orientación universitaria y profesional de los alumnos. Vaya por delante que es ese un trabajo que me encanta. Es como el complemento de las clases convencionales: además de ‘enseñar’ puedo ‘orientar’…

Tarea a veces ardua. Dejo de lado a los alumnos que tienen claro qué desean hacer al acabar el bachillerato. En cuanto a los demás, existe un grupo que podríamos denominar el de la indefinición total: “no tengo ni idea de lo que me gustaría hacer”. En el origen de esta situación hay una parte de comodidad, de temor ante lo desconocido y, sobre todo –creo- de miedo a tomar decisiones (algún día habrá que dedicar unas palabras a este miedo tan de nuestra época). Suele coincidir esta indefinición –aunque no siempre- con un alumnado de resultados académicos más bien flojos, lo cual suele ser la causa de sus dudas. Y lo que acaba de retratarle es la apostilla final: “y tú ¿qué crees que debería hacer?” Les suelo agradecer la confianza depositada en mi opinión, pero les dejo bien claro que nunca tomaré una decisión por su cuenta. Yo procuro dar ideas, sugerir caminos, proporcionar información…, pero nunca encaminar decididamente hacia algo en concreto: fundamentalmente, porque el futuro del alumno es un tema de su exclusiva incumbencia.

Los hay que dudan entre varios estudios, porque se sienten capaces de realizar cualquiera de ellos, y todos le atraen. La tarea, en este caso, es más llevadera. Una sugerencia que muchas veces es oportuna: “piensa en qué te gustaría trabajar de aquí a 8 ó 10 años, y luego retrocede hasta ver qué has de estudiar para llegar ahí”. A veces, se hace la luz por este camino. Este tipo de alumno no suele pedir que decida por él.

Es reconfortante ver cómo muchos van progresando en la definición de su futuro, aun siendo conscientes de que la vida da muchas vueltas, y de que no existe la seguridad absoluta.

Suelen venir antiguos alumnos a hablar de sus estudios y profesión; organizamos visitas a universidades cercanas, facilitamos información de todo tipo…; pero lo que más aprecio –porque siempre es más grato y da mejores resultados- son esas charlas personales, amables, distendidas, confiadas, adecuadas a cada persona. En el fondo, la educación –y, por igual motivo, la orientación- no deja de ser un proceso de enriquecimiento personal individual, en el que no valen fórmulas genéricas.