
El
paisaje cotidiano (¡entiéndaseme bien!) que tenemos ante la vista muchos docentes en nuestra vida profesional es la
adolescencia. Se trata, probablemente, de la etapa de la humana existencia que ha llenado más páginas y que ha provocado más disgustos, lágrimas, incomprensiones, desengaños... siendo, sin embargo, la época más rica de la vida.
Hay dos visiones de la adolescencia, y ambas proceden de su etimología latina -
adolesco- que tiene un significado original de
llevar el fuego de una vida nueva y, de ahí,
crecer, desarrollarse, desenvolver la razón, el ardor... Más tarde, por su evolución pasa a
adolecer, carecer, tener defectos...Si nos fijamos en la primera acepción, veremos la adolescencia como la etapa del crecimiento (¡y no solo físico!), de la fuerza, de la expansión, de las posibilidades...; en definitiva, de la eclosión de una vida llena de expectativas.
Pero si aceptásemos el sentido derivado (en el que la imaginación juega más que la realidad), veríamos al adolescente como a un enfermo a la espera de su curación; y, mientras tanto, poco se podría hacer sino aguardar a que
se cure...

Hasta aquí, las digresiones más o menos lingüísticas. Porque la vida es más rica y, acogiéndose al primero de los sentidos citados, todo educador tiene ante sí una tarea que puede ser ardua, pero que también es ilusionante.
No creo exagerar si digo que, para un profesor, es un privilegio asistir, año tras año, a esa eclosión de vida, a la aparición de proyectos e ilusiones. Y todo ello mezclado con inseguridades, dudas, rabietas, pseudofracasos...
Con la experiencia que dan los años, se puede llegar al difícil equilibrio que supone educar a adolescentes: saber cuándo se ha de
estirar la cuerda, cuándo se debe
acortar; en qué momentos se ha de ser inflexible y cuándo debemos utilizar la paciencia; saber interpretar aquel enfado repentino, o esa euforia que parece injustificada; exigir con comprensión, orientar sin imposiciones, escuchar cuando necesitan hablar, callar cuando no quieren oir, suavizar un exceso, levantar un ánimo decaído, crear expectativas, abrir horizontes...
Y, para eso, hay que tener el ánimo despierto y captar lo que hay detrás de aquella cara ceñuda, de aquella aparente indolencia o de aquel semblante sonriente. Y, sin volverse
infantiloides ni querernos convertir en
colegas, hay que ponerse en su lugar y activar las inmensas posibilidades de cada persona.
Ya dije hace menos de un mes, que es muy gratificante la convivencia diaria en clase con adolescentes. En los comentarios a
esa entrada, una alumna valoraba el hecho de "
fijarse en los pequeños detalles" y "
tener un ojo encima de cada uno de nosotros cada día".
Quizá a veces no lo parezca, pero lo que se dice y, sobre todo, lo que se hace, queda y da sus frutos. Siempre.