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martes, 11 de septiembre de 2012

Valorar al maestro

Hay días dedicados a personas -o cosas- por un interés puramente comercial (véase el día de la madre o el del padre); otros que responden a inquietudes sociales (el día del medio ambiente, por ejemplo); y algunos otros que suelen pasar desapercibidos porque parece que nadie sale beneficiado con ello. Entre estos últimos se puede contar el día del maestro, que se celebra el 30 de septiembre.
Es una buena ocasión para recapacitar sobre la responsabilidad del educador  y para que la sociedad vuelva a tener en cuenta el valor de la profesión de enseñante.
Con este motivo, y sin añadir nada más, he rescatado el manifiesto que escribió José Antonio Marina el año 2004 en tal ocasión .

"De los recuerdos de nuestra infancia emerge siempre la clara figura de una maestra o de un maestro, con quien tenemos pendiente una deuda de gratitud. Suele ocurrir que tardamos mucho en darnos cuenta de su influencia benefactora, y para entonces aquellas personas que sirvieron de puente entre la familia y la sociedad, que suavizaron el desamparo de los primeros días de escuela y nos llevaron de la mano por los laberintos del abecedario y la cultura habrán desaparecido ya de nuestras vidas. Un homenaje al maestro puede servir para pagar esta deuda de gratitud. Es por ello un acto de justicia poética.

Pero también es un acto de justicia real, porque tiene que servir para llamar la atención de la sociedad hacia una profesión que, por esa inversión de prestigios que desdichadamente sufrimos, pasa inadvertida o menospreciada. Otras admiraciones más espectaculares nos hacen ser mezquinos al valorar a las personas que nos enseñaron las primeras letras, que nos obligaron, con una conmovedora paciencia, a dominar nuestra atención, tan propensa a irse por las nubes, para fijarla en el encerado o el cuaderno. Para el niño, ellos son los máximos representantes de la cultura, y, para todos, los grandes funcionarios de la Humanidad. Supieron hacernos pasar de un mundo de afectos privados a un mundo de afectos sociales, y nos convirtieron en pequeños ciudadanos, al enseñarnos las normas compartidas."
                                            (Manifiesto del Maestro, José Antonio Marina, 2004).

sábado, 14 de julio de 2012

Echar una mano

Todos hemos tenido, en nuestra vida docente, aciertos y errores en el trato con nuestros alumnos. A veces, hemos lamentado una ocasión perdida porque teníamos prisa, una palabra que hirió al adolescente o una indiferencia que aún hace más daño. Otras veces, en cambio, supimos dar con el momento y con las palabras precisas, con ese detalle que inspira confianza, o con un simple gesto de comprensión. Echando la vista atrás, me doy cuenta que ha habido de todo ello en mi labor docente.

Alguna vez he hablado de algo parecido aquí mismo (¡ya hace más de cinco años!). Y me parece que continúa siendo una asignatura pendiente en nuestra educación, porque el profesor no es un mero transmisor, impersonal y frío, de conocimientos.  Se me ha ocurrido traer de nuevo el tema a colación tras haberme enontrado con una cita de Goethe. Es ésta:

Trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser.
Un filósofo que conocí hace años, ya fallecido, publicó en una magnífica obra suya esta misma frase, pero dándole la vuelta. Y a mí me gusta más:
Hay que tratar a la gente mejor de lo que es, porque si no, la haremos peor de lo que es.
¡Cuántas veces no habremos hundido un poco más a un alumno por no intentar rescatarlo de su situación!
A veces basta con una simple palabra de ánimo, con un comentario que le abre horizontes, que le estira hacia arriba...

Esta es la verdadera labor del buen maestro: hacer que sus alumnos adquieran conocimientos, pero también que  lleguen a ser mejores personas.


miércoles, 28 de marzo de 2012

Ser profesor

Con la perspectiva que proporciona el haber dejado las aulas, y después de que este blog se haya hecho eco en muchas ocasiones de la figura del profesor (casi me gusta más decir maestro...), deseo volver hoy a enhebrar unas ideas, porque creo que es un tema que nunca pasa de moda.


Y la ocasión se me ha presentado al leer un artículo de Camilo José Cela Conde titulado "El deber de enseñar".  Tan sólo copiaré tres breves párrafos (recomiendo su lectura completa):

  • (...) el principal activo de cara a la enseñanza y, por ende, el que ha de cargar con las culpas si esta falla lo constituyen los profesores.
  • Las denuncias de falta de recursos y los continuos cambios de orientación en las leyes son elementos secundarios frente a la necesidad perentoria de que los profesores enseñemos mejor.
  • Cada profesor –yo lo soy– debe esforzarse por cumplir con su deber más allá incluso de lo que cabría exigirle aunque sólo sea porque enseñar es una vocación.
Pueden parecer duras esas palabras, pero las suscribo plenamente y, aunque sea de forma breve, deseo remarcarlas:

1. Nos guste o no, los únicos responsables de la educación son los alumnos y sus profesores. Ni los planes de estudio, ni las condiciones económicas o laborales (salvando un mínimo exigible) pueden ser excusas válidas.

2. Siempre ha habido -y, por desgracia, habrá- profesores nefastos en medio de condiciones bien favorables. Y, por suerte, seguirá habiendo profesores excelentes en circunstancias adversas.

3. Hay un elemento esencial en el trabajo de un profesor: su vocación. Si no se tiene, mejor dedicarse a otras cosas. Si hay vocación por enseñar, casi todo puede superarse.

Querría rescatar un fragmento de una entrada que publiqué hace casi cuatro años, y que deseaba ser -ahora también- una llamada a creer en el propio trabajo, a aprender enseñando y a disfrutar con los pequeños detalles:
  • Cuando tienes ante ti estudiantes que ponen verdadero empeño en cumplir con sus obligaciones, no puedes dejar de esmerarte en las tuyas: en caso contrario sería algo parecido a un fraude.
  • Cuando observas su cara de atención en clase, te vienen ganas de que tus palabras sean las adecuadas, las necesarias.
  • Cuando a alguien, después de mostrar cara de no entender nada durante un rato, se le ilumina de repente el rostro, te das por bien pagado.
  • Cuando notas que hay alumnos desconectados, piensas enseguida: ¿en qué habré fallado?
  • Y, cuando te regalan cada día un semblante alegre, puede que no necesites más motivaciones para dar lo mejor que tienes.
 ¿Es o no es un aprendizaje la tarea de enseñar?



miércoles, 8 de febrero de 2012

Agradecimiento

En estos tiempos, sin duda convulsos y difíciles para el oficio de enseñante, raro es el día que no nos ofrece noticias para el desaliento: fracaso escolar, poca consideración del docente, recortes en la enseñanza, falta de autoridad, incomprensión...
Todo ello es cierto, y se ha de reconocer que la realidad es compleja. Y que quizá faltan estímulos. Y que no parece verse un futuro mínimamente halagüeño.

Pero, siendo ese el panorama, mal haríamos si no nos fijáramos en lo mucho que hay de positivo en nuestra tarea. Y en la trascendencia de nuestras acciones (o de nuestras omisiones) para los centenares (o miles) de alumnos que han pasado junto a nosotros años cruciales en sus vidas.
Hace algunos meses, publiqué en este blog una entrada hablando de los buenos maestros. Me ha venido a la memoria viendo en internet un video del agradecimiento que algunos alumnos muestran por sus profesores. Aquí os lo dejo, para que quienes os dedicáis a esta profesión toméis algo de aliento:


Y, puestos con el tema, también os adjunto una canción con el mismo mensaje:

Hay que afrontar los problemas, luchar contra las adversidades y pelear por una enseñanza mejor. Pero que todo ello no nos impida ver que tenemos una profesión muy bonita: una profesión que deja huella.


lunes, 5 de octubre de 2009

¿Cómo lo celebramos..?

Me he enterado, mal y tarde, de que hoy es el Día Mundial del Docente, que la UNESCO instituyó hace quince años.


Lo cierto es que tal evento me lo tomo con la misma intensidad que el día del trabajo, el de los enamorados o el de los buscadores de setas… si es que lo hay. Se supone que debe aprovecharse la ocasión para homenajear al profesorado, intentando ensalzar lo trascendental de una labor que la sociedad cada vez reconoce menos. Se supone que es un día para dar una palmadita en la espalda a quienes la tienen encorvada por el peso propio y el de los problemas ajenos…


No dedicaría estas líneas a tal ocasión, si no fuera porque este año nuestro Presidente del Gobierno nos ha dirigido una Carta Abierta, como lo hizo Sarkozy a poco de llegar al poder.

Y ¿qué nos dice?


Fundamentalmente, habla de promover un gran pacto educativo que mire al futuro con ambición, con la ambición de un país que aspira a la excelencia y sabe que tiene en la educación la palanca principal para alcanzarla.


¿Es tender a la excelencia promover la igualdad –por abajo- de nuestros alumnos? ¿Es tender a la excelencia apoyar económicamente a los centros en función del número de aprobados? ¿También lo es mantener las guarderías de adolescentes en que se ha convertido buena parte de la ESO? ¿Se puede llegar a la excelencia escamoteando a los alumnos el valor del propio esfuerzo?


Es verdad que hace balance de lo alcanzado en los últimos años, pero para mostrar un panorama idílico: Hemos avanzado mucho (…) contamos con las generaciones mejor preparadas de la historia de España (…) Nunca España había tenido tanto potencial de futuro…


Al final, acude a nosotros, los profesores, para que echemos una mano, y para decirnos que no podemos construir un mejor futuro sin vosotros. A lo mejor, a partir de ya, nos van a tener más en cuenta a la hora de plantear novedades pedagógicas, establecer curricula y hacer planes de educación… Desde Pandora, la esperanza es lo último que se pierde.

lunes, 13 de julio de 2009

Quintiliano

Tenía ganas de hacer una relectura de, al menos, una selección de la Institutio Oratoria de Quintiliano. Hoy he recalado en aquellos fragmentos (casi todos del libro II) que dedica a la figura del profesor, y no me resisto a traer aquí unos cuantos por si a alguien le resultan útiles. Al menos, dan que pensar.

Es famoso el retrato que hace Quintiliano del maestro, y de la actitud que ha de mantener ante sus alumnos. Por ejemplo, en cuanto a las manifestaciones de su carácter, despliega este catálogo de dotes:
Su austeridad no debe ser triste, ni su familiaridad relajada, para que no surja de aquella el odio ni de esta el desprecio. (...) advertirá más frecuentemente, que castigará. Tampoco debe ser colérico, encubridor de lo que hay que corregir. Será sencillo al enseñar, soportará el esfuerzo, será constante antes que impulsivo.
El poder de sugerencia del maestro proporciona buenos resultados de cara al razonamiento de sus alumnos:

El mismo maestro dígales cada día algo, o mejor muchas cosas, que los oyentes puedan comentar con él.

También se entretiene en comentar cómo deben ser las reacciones del profesor ante las intervenciones de los alumnos:

Contestará con gusto a los que le pregunten y a los que no pregunten les interrogará. Al alabar las intervenciones de los alumnos no será ni irónico ni efusivo, porque lo uno produce el tedio para esforzarse y lo otro seguridad excesiva.

Los problemas disciplinarios también estaban presentes en la escuela romana. Se ve que el asunto ya viene de antiguo...

Ahora bien, de ninguna manera se ha de permitir a los muchachos (…) esa liibertad de levantarse de su puesto y dar saltos de júbilo (…) y (…) no sólo se ponen ahora en pie (…) sino que echan a correr y con desvergonzado jolgorio gritan y aplauden a una.

Hoy, estamos deslizándonos, quizá a veces en demasía, por el plano del aprendizaje lúdico. Quintiliano veía en el juego un provechoso instrumento de enseñanza. Esto es lo que dice en el libro I:

Hay hasta algunos juegos no desaprovechables para agudizar los espíritus de los jóvenes, cuando ellos apuestan entre sí con pequeñas preguntas sobre cualquier materia.

Quintiliano nos queda más cerca de lo que a muchos pueda parecer. Le debemos muchas cosas: entre otras, el primer 'plan de estudios' que tuvo Roma, en los albores de una enseñanza publica que daba sus primeros pasos.


jueves, 10 de julio de 2008

Doceo... et DISCO

En la anterior entrada, hacía referencia a lo que aprendemos los profesores de los alumnos. Por mucho que no sea un tema recurrente, y bastantes colegas quizá no se lo han planteado nunca, pienso que se trata de algo real, enriquecedor y estimulante. Siempre, claro está, que el ego del profesor no instale un muro ante la realidad.

En primer lugar, la figura del profesor viene a ser como un contrapeso del alumno, inmerso de lleno en esa etapa tan ilusionante, incomprendida e hiperbólica que es la adolescencia. Del adolescente aprendemos a actuar con el equilibrio necesario para no parecerles irrelevantes, anacrónicos o simples colegas, que de todo hay. No es fácil hallar el punto justo. Pero, si se busca, se encuentra. Y ellos se dan cuenta. Y, dentro de su exagerado deseo de independencia, agradecen tener la referencia del profesor, no del compadre ni del abuelo-que-explica-batallitas.

El día a día en la clase es muy enriquecedor: tanto en los momentos buenos como en los malos. Todos nos sentimos felices cuando las cosas funcionan y los alumnos responden. Pero quizá hay más cosas que aprender en las situaciones menos gratas.
Hace años, una alumna (hoy, maestra ilusionada) se me enfadó en clase. Al acabar, le pregunté la razón de su muda rabieta (se le notaba en la cara sobradamente): ¡es que, con lo que me había preparado los ejercicios, no me los has preguntado! Evidentemente, no podía ella esperar que yo supiera eso, pero sí sabía de mi costumbre de solicitar voluntarios. Y eso día, no los había pedido... Aún hoy recuerdo con frecuencia aquel momento, del que aprendí a ponerme en la piel del alumno.

Cuando tienes ante ti estudiantes que ponen verdadero empeño en cumplir con sus obligaciones, no puedes dejar de esmerarte en las tuyas: en caso contrario sería algo parecido a un fraude.

Cuando observas su cara de atención en clase, te vienen ganas de que tus palabras sean las adecuadas, las necesarias.

Cuando a alguien, después de mostrar cara de no entender nada durante un rato, se le ilumina de repente el rostro, te das por bien pagado.

Cuando notas que hay alumnos desconectados, piensas enseguida: ¿en qué habré fallado?

Y, cuando te regalan cada día un semblante alegre, puede que no necesites más motivaciones para dar lo mejor que tienes.

¿Es o no es un aprendizaje la tarea de enseñar?

viernes, 28 de marzo de 2008

EL ÚLTIMO BATALLÓN

El lector agradecerá ver aquí palabras ajenas, si superan claramente las que yo pueda escribir. Por eso no es la primera vez que recojo una opinión de Francisco Sianes. Su distinción entre profesores y maestros cabría sin duda matizarla y merecería una explicación pero, aparte eso, el mensaje central de su escrito me parece de lo más lúcido. He hecho un resumen, aunque puede verse el artículo entero en su blog.

En el irrecuperable pasado, los profesores de instituto habían sido esos alumnos respetuosos, aplicados y estudiosos, algo indolentes, amantes de la tranquilidad y los placeres serenos que llegaron a sus puestos de trabajo con la convicción de arribar a un puerto benigno donde la mercancía de sus conocimientos sería recibida con ilusión; (...)

Pero esta singladura sólo era posible en un orbe donde el conocimiento aún era respetado. (...)

A la sombra, los maestros esperaban su turno: en otro tiempo habían sido esos alumnos con escasas luces, rencorosos con los "empollones", astutamente trepas y con una ambición política desmesurada que comprendieron pronto que su poder no es el saber y planificaron hacerse con el poder a secas. Con la perseverancia del vengativo, se hicieron con las antiguas fortalezas políticas (las directivas y los cargos sindicales y políticos) y levantaron otras nuevas (APAS, departamentos de orientación y pedagogía). Manejando los hilos del "politiqueo", ocuparon también las facultades "blandas" (quién ignora que el acceso a la docencia universitaria es cualquier cosa menos meritocrático)(...)

Lo que les esperaba a los profesores! Atenazados por la cuádruple pinza del rencor maestril, sindical, psicopedagógico y universitario, habían quedado vendidos en tierra de nadie. ¿Reaccionaron? Claro que no. Ellos estaban hechos de otra pasta: detestaban la sangre, fajarse en la batalla cuerpo a cuerpo: ¡ellos eran ilustrados! (...)


Casi todos acabaron cediendo, ignorantes de que la cesión ante los airados nunca calma el rencor: sólo lo enardece. Hoy se sienten incapaces de recuperar el terreno perdido: se han rendido.

Solo unos cuantos -se dice que son trescientos- resisten aún. Irreductibles, estragados, mantienen firmes sus mermadas filas, conscientes de la derrota "pero nunca en doma". A veces, una ligera brisa de esperanza hace crujir y ondear sus parcheados estandartes. Entonces sus mandíbulas y puños apretados se relajan un instante y ríen juntos. En esos momentos luminosos, incluso la victoria parece posible.

Ni ellos mismos saben cuánto depende de que ese último batallón no rompa filas jamás.