Cuando se acerca el final de trimestre y, con él, los primeros suspensos serios, suelen aparecer también los primeros síntomas de desánimo.Acostumbra a ser ello frecuente en primer curso de bachillerato, y he tenido ocasión de comprobarlo de nuevo al darles hace poco las calificaciones de Griego. El resultado no ha sido desastroso, pero tampoco bueno: un 42% de suspensos es mucho. Y, además, acompañado de sólo un 8% de sobresalientes (es decir, uno) y un 17% de notables.
Ante el resultado, vi aparecer bastantes semblantes tristes y desilusionados, como diciendo no es esto lo que yo me imaginaba del bachillerato...
Detecté, sobre todo, sensación de cierta impotencia. Los motivos más frecuentes suelen ser dos:
--el bachillerato excede las capacidades de algunos;
--el bachillerato cuesta afrontarlo con las herramientas que ha propocionado la ESO.
Hay fracasos ya anunciados -aunque en vano- y provocados muchas veces por los mismos padres, que proyectan en sus hijos anhelos frustrados o expectativas exageradas. La extendida -y falsa- creencia de que sin bachillerato no se es nada, ha creado y sigue creando numerosas frustraciones.
Y hay tal déficit de esfuerzo personal durante la ESO, que la factura que pagan los alumnos en el bachillerato es demasiado cara. Si por la tarde me queda un rato libre, en vez de estudiar prefiero tumbarme en el sofá. Frase ésta dicha, casi textualmente, por una alumna a quien los estudios no le van nada mal. Así estamos.
Muchas veces pienso que los bachilleres de hoy acaban por saber menos que los de hace unas décadas, pero lo pasan bastante peor. Ya es triste... Y, mientras tanto, a hacer de profesor-tutor-psicólogo-elevador de ánimos-paño de lágrimas, y un largo etcétera. En eso andamos. Y, a pesar de todo, que no falte la ilusión...
