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martes, 11 de enero de 2011

Educar debe ser una actividad alegre

La frase del título la he tomado prestada del filósofo y educador José Antonio Marina, a quien el diario La Vanguardia dedica hoy su entrevista ("La contra").
Las palabras de Marina siempre son interesantes, y ahora nos enteramos del proyecto que acaba de promover: la "Universidad de Padres", que abarca un curso on line, acompañamiento de expertos y una colección de libros, el primero de los cuales es La educación del talento.

Dejando de lado este interesante proyecto, quería reflexionar un poco sobre esa alegría que debe estar presente en el hecho de educar.
Dedicamos demasiado tiempo (o lo dedican las cabezas pensantes y programadoras) a hablar de competencias, de fracaso o de éxito escolar, de política educativa, de metodología, y de un largo etcétera. Y, sin embargo, hablamos poco de entusiasmo, de ganas, de confianza, de afecto... de alegría. ¿Por qué? Me aventuro a pensar que la razón se encuentra en  una pedagogía aséptica, fría, mediocre y políticamente correcta. Porque es más manipulable controlar el ámbito de los conocimientos, y mucho menos el de los sentimientos, las emociones y la voluntad.

¿Cuántos docentes enseñan con entusiasmo, con ganas y con alegría? ¿Cuántos no buscan halagar el gusto del alumno sino inculcarles el aprecio por el conocimiento, aunque suponga esfuerzo? Porque eso cala hondo en el alumno, mucho más que la sabiduría hueca o que la actitud complaciente que ha echado a perder tantas posibilidades de educar de verdad.

Claro que para enseñar con alegría y entusiasmo, es imprescindible que el profesor esté convencido de ello y no sea un mero mercenario enseñante, porque no ha encontrado mejor sitio para ganarse unos euros. Hay que dignificar la profesión. Y eso no se consigue a golpe de decretos sino de personas comprometidas de verdad con una de las profesiones más gratificantes que existen.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Tristes tradiciones

Ya hace demasiados años que el "gremio" de los clasicistas se viene quejando en este país. A algunos, puede parecerles victimismo endémico; a otros, corporativismo interesado; pero la realidad es incuestionable. Antes y ahora, cada plan de estudios llevaba aneja una tijera aplicable al Latín y al Griego. En los tiempos que corren, ya no hace falta esperar a un nuevo plan de estudios: la tijera se afila y utiliza por pequeña que sea la rendija que se le ofrece.
En los últimos tiempos, hay muestras bastante preocupantes de lo que digo:
· El número mínimo de alumnos para que se puedan ofertar en los centros nuestras materias.
· La práctica desaparición de los Departamentos de Latín y de Griego.
· La persecución a que se ve sometida la materia de Griego (ya le llegará el momento al Latín...).
· Afirmaciones, provinentes de personas de estamentos oficiales, que niegan toda aportación del Latín a las competencias básicas.
· La vieja afirmación de la inutilidad de los estudios clásicos, hoy resucitada en un mundo que no ve más allá de los resultados materiales, palpables, evidentes y rentables.
(Para una detallada explicación de las diversas situaciones, puede verse la página de inicio de Chiron, donde se está llevando a cabo un repaso por nuestras autonomías).

Pocos colectivos educativos hay tan dinámicos, entusiastas y, por ejemplo, comprometidos con las nuevas tecnologías como el de los profesores de clásicas. Si alguien, ajeno a nuestro ámbito, le diera un vistazo a día de hoy a Chiron, se llevaría muchas sorpresas:

· 288 blogs de clásicas, mantenidos por profesores y/o alumnos.
· Centenares de documentos diversos en el Wiki.
· 1919 páginas web enlazadas en el marcador social de Diigo, provistas por 52 colaboradores.
· 20.302 fotos aportadas por 344 colaboradores en la galería de Flickr.
· 594 grabaciones en la sección de videos en Vodpod.
· 718 presentaciones, de 102 miembros, en el grupo de Slideshare.
· 746 documentos, aportados por 52 voluntarios, en la sección de Scribd.
· Y un aula virtual con centenares de alumnos inscritos en 54 cursos; y un calendario de actividades, un blog de reseñas, un forum de discusión, un chat, una sección de noticias...

Desgraciadamente, quienes deberían acercarse a verlo no lo hacen. Y tampoco están presentes en tantos simposios, congresos, jornadas... donde se darían cuenta de la pujanza de nuestra actividad pedagógica, investigadora y divulgativa.

Acudir a lugares tan atrayentes y entusiasmantes como las Jornadas de Sagunt, las de culturaclasica.com, o darse una vuelta por la Domus Baebia, son un seguro de optimismo y un refuerzo para la esperanza, que recomiendo encarecidamente a propios y ajenos.

martes, 27 de enero de 2009

Esto no ha hecho más que empezar

No es por nada, pero se me ha adelantado Ana, como prácticamente siempre... Hoy hace exactamente tres años que empezó a desatarse la más benigna, entusiasmante y adictiva tempestad que se recuerda entre el sufrido gremio de los enseñantes clásicos.

Quizá no está bien que uno lo diga pero, escudándome en que la autoría principal es de otros, debo reconocer que el éxito ha sorprendido a casi toda la organización.

Chiron es hoy una realidad viva, pujante, apreciada y asumida por muchos. El trienio que cumplimos hoy solo es el preludio de una vida longeva y fecunda. No es que lo desee yo y muchos otros, sino que será así. Seguro: con la colaboración de tanta gente, no puede ser de otro modo.

viernes, 12 de diciembre de 2008

¿Cómo se aprende a enseñar?

Gracias a Hermes, que siempre otea el horizonte a la búsqueda de temas relevantes, me entero del artículo publicado el pasado 8 de diciembre por Andrés de la Oliva, titulado "La estafa del enseñar a enseñar". Su lectura me ha hecho revivir algunas ideas meditadas ya hace tiempo, y que la experiencia ha ido afirmando año tras año. Fundamentalmente una: ¿cómo se aprende a enseñar?

El autor del artículo carga duramente contra el C.A.P. (Certificado de Aptituud Pedagógica). De él dice:
Este curso jamás se ha sometido a una evaluación objetiva entre los profesores de secundaria y bachillerato. Se sabía de sobra que los profesores no sólo no avalarían su utilidad, sino que lo valorarían como una estafa o una impostura.
Ahora, el establecimiento de un Máster de Formación del Profesorado vuelve sobre lo mismo y, además, vendrá a sustituir al último curso de preparación específica de la carrera. A lo largo del artículo, Andrés de la Oliva dirige sus dardos contra los pedagogos de libro:
Por lo visto, los únicos que saben lo que se necesita en las aulas son los que jamás han pisado un aula. Por lo mismo, los únicos que saben cómo se enseña matemáticas, gramática o historia, son los que no saben ni matemáticas, ni gramática, ni historia (pero son, en cambio, expertos en enseñar a enseñar cómo se aprende a aprender).
Yendo a lo positivo, hay un párrafo que suscribo de manera especial:
Y todavía es más falso que haya un saber que no sea ni física, ni latín, ni geografía, y cuyo contenido sea el enseñar en general para cualquiera de esas disciplinas. Un profesor debe saber captar la atención de los alumnos enseñándoles a amar el conocimiento, y para lograrlo no hay otra garantía que su propio amor por el conocimiento. Las matemáticas, la historia o el derecho procesal son apasionantes y la obligación de un profesor es saber transmitirlo a sus alumnos. Ahora bien, su mejor arma, en realidad su única arma, es saber matemáticas, historia o derecho procesal.
O sea: que saber enseñar una materia supone conocer bien esa materia y, sobre todo, amarla y hacerla amar a los alumnos. Y esto solo se consigue a base de tiempo, de preparación y de una buena dosis de entusiasmo. Dedicar esfuerzo a enseñar a enseñar puede parecer muy loable, pero deberíamos preguntarnos: enseñar a enseñar... ¿qué?