sábado, 20 de junio de 2020

Virgilio novelado

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A raíz de la lectura de El infinito en un junco, he descubierto El silbido del arquero (2015), una novela de Irene Vallejo en la que desarrolla la leyenda de los amores de Eneas y Elisa/Dido. Los versos de Virgilio en la Eneida aparecen aquí novelados y narrados por los principales personajes de la trama: Eneas, Elisa y Ana, con la intervención del dios Eros, que va preparando con sus artes el enamoramiento de Eneas y Elisa, y de Virgilio con su composición de la Eneida, su relación con Augusto y la fantasmagórica aparición de Homero...

Irene Vallejo va entretejiendo hábilmente la trama, completando lo que cuenta Virgilio con situaciones verosímiles. Hay referencias a la guerra de Troya, al destino que se le tiene preparado a Eneas, al pasado de Elisa y Ana, a la época de Augusto…

El conjunto es un fresco narrativo bien trenzado, y que puede leer también con provecho quien no conozca la Eneida. El estilo es fluido, agradable, claro y de lectura fácil. El uso de la adjetivación recuerda los entrañables epítetos de la épica clásica.

Se trata de la segunda novela de la autora, que también ha hecho una incursión en la literatura juvenil. Además, acaba de publicar el segundo libro recopilatorio de sus artículos de prensa, y está viendo cómo su ensayo El infinito en un junco sigue batiendo récords de ventas.



sábado, 6 de junio de 2020

Una joya: "El infinito en un junco"

Otro nuevo galardón para EL INFINITO EN UN JUNCO! @edicionesiruela ...



He terminado hace poco la lectura de El infinito en un junco, de Irene Vallejo. Lectura pausada, tranquila y gozosa. Sus casi 450 páginas pasan en un soplo.


El ensayo es una joya para un filólogo: la historia del libro en la antigüedad. Una narración, me atrevo a decir, en la línea del mejor humanismo. Y, para el público en general, es una oportunidad de leer el acontecer de algo tan cercano a nosotros, y los avatares sufridos a lo largo de sus primeros siglos de vida. Y todo ello, casi en forma de novela, con un lenguaje preciso, rico y muy hermoso.


El infinito en un junco (título con referencia al origen de las obras escritas en papiro) es una rara avis en el panorama editorial: tengo en mis manos la novena edición (ya ha salido la duodécima) tras haber visto la luz hace nueve meses: un claro síntoma de éxito tratándose de una obra de no ficción.


Todo el ensayo rezuma amor por el libro, por las bibliotecas, por la literatura y por los sinuosos caminos que han atravesado a lo largo de siglos. Y todo ello, dejando de lado la redacción académica de unos hechos, y sabiendo transmitirlos de forma amena, incluso con ciertas dosis de trama novelesca. Llama la atención la riqueza de vocabulario que maneja la autora, en la línea de la mejor literatura.


Es una prueba de que la verdadera erudición puede ser también amena. Hay párrafos magistrales hablando, no solo de los libros, sino también de la libertad, del pensamiento, de la valoración del arte… de la vida.


No dejen pasar de largo esta joya: tardaremos en leer algo similar…


martes, 20 de agosto de 2019

Unos saberes útiles y desinteresados (y VI)


Por último, desearía subrayar algunas ideas que nos hacen entender mejor la validez, hoy, del estudio de la antigüedad.


El mundo clásico es tal porque trasciende lo pasajero, las modas, lo coyuntural y parcial. Es clásico todo aquello que permanece, que es esencial a la condición humana, que cala en lo más hondo de nuestro ser y que nos ayuda a formarnos una opinión seria y profunda del hombre y del mundo.
Si sabemos transmitir a nuestros alumnos esta realidad, les estaremos preparando para valorar debidamente el mundo que les rodea. Sabrán desenmascarar con más facilidad los engaños sutiles que acechan a su alrededor; conocerán el verdadero valor de las cosas y las subordinarán al interés más alto de las personas; distinguirán un argumento puramente sentimental de lo que es una concepción profunda y seria del hombre. Hay demasiada gente hoy que valora la vida con parámetros meramente sentimentales, y han dejado muy atrás todo lo razonable, cuando no lo han olvidado absolutamente.


Ciertamente, prima lo sentimental (‘me gusta’, ‘ya no me apetece’…) sobre la razón. Así, no se puede calibrar correctamente nuestra actuación ante hechos y personas. Aprender a pensar: he aquí una asignatura pendiente de muchos de los sistemas educativos al uso. Recuerdo que algunos de mis antiguos alumnos valoraban, del estudio de los clásicos, precisamente eso: el hábito adquirido de razonar los argumentos, de pensar con calma las cosas, sin dejarse llevar de las primeras impresiones, que suelen ser casi siempre sentimentales.

Tendrán así nuestros alumnos, pese a su juventud, todo el acervo cultural que otros han construido antes que ellos, y que no se ha marchitado en el transcurso de los siglos sino que, al contrario, se ha demostrado imperecedero. Luchemos contra la etiqueta de «lenguas muertas» que algunos nos han colocado. El latín y el griego no son lenguas muertas. Al contrario, son lenguas que, gracias a su vitalidad, han construido el mayor edificio cultural de la historia. Y cuando, por avatares históricos y políticos, el latín dejó de ser el idioma de un imperio unido, siguió viviendo en las lenguas románicas.

Más que ‘muertas’ son lenguas imperecederas, eternas, donde hallamos, como esculpidas, tantas páginas de auténtica sabiduría, tanta ayuda para nuestro deambular por la vida, mucho más útil que los ‘manuales de autoayuda’ tan en boga hoy, y un acervo cultural impresionante en ciencia, historia, filosofía, arte, política, etc., etc.
¡No empobrezcamos la cultura que se transmite a nuestros alumnos, privándoles de algo tan primordial: lo que la antigüedad elaboró durante siglos, y de lo que aún vivimos!


lunes, 12 de agosto de 2019

Unos saberes útiles y desinteresados (V)

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Siempre se ha mencionado el valor de las lenguas clásicas por su importancia para formar la mente. Pero también hay otros aspectos que contribuyen a priorizar la enseñanza de los clásicos.

Toda la cultura clásica se basa en la unidad. Detrás de cada palabra hay toda una civilización. El estudio de un texto no sólo nos conduce -insisto- a conclusiones lingüísticas o literarias más o menos interesantes, sino a una manera de entender el mundo, a una concepción del hombre.
El contacto con lo clásico ayuda a pasar por encima de lo meramente contingente, para llegar a interesarse por lo que tiene un verdadero interés general, es decir, por un ideal.

¿No está nuestro mundo ciertamente ayuno de razones profundas, y demasiado sobrado de contingencia?  Realidades ‘líquidas’, pensamiento endeble, tendencia a lo pasajero, predominio de la inmediatez…  Verdaderamente, andamos escasos de humanidad, de ideales altos y duraderos.

El rigor que supone el estudio de una lengua flexiva, el esfuerzo que representa
asimilar las estructuras sintácticas, la precisión léxica en la expresión, son otras tantas ayudas para fomentar la reflexión, un inquieto espíritu crítico, y una muy apreciable capacidad para adaptar las ideas generales a cuestiones concretas. El beneficio que ello comporta ayuda necesariamente a la formación global de la persona, y a su preparación específica en otras materias.
Esa precisión en el decir constituye un formidable antídoto contra la verborrea vacía de contenido. El lenguaje latino es fundamentalmente profundo, exacto y contundente. ¡Cuántas expresiones «lapidarias» nos han legado los romanos, y seguimos utilizándolas como la mejor manera de expresar clara, completa y brevemente una idea! ¡Cuántas veces las hemos empleado sabiendo que, por ser el latín una lengua definitivamente fijada, el valor de esas expresiones se ha convertido en algo firme, imperecedero!

Y todo ello tiene un especial valor hoy en día, porque no solo predomina la “verborrea vacía de contenido”  -muchos pensarán en frecuentes mensajes políticos…- sino también una verborrea limitadísima en el uso del vocabulario. Dicen que, con el auge de las redes sociales, la pobreza del lenguaje de ha acentuado notablemente. Y si en vez de palabras al uso se emplean emoticones o abreviaturas…



lunes, 5 de agosto de 2019

Unos saberes útiles y desinteresados (IV)

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Quien estudie, aunque sea un poco por encima, los sucesivos planes de estudio (en la educación secundaria y en la universitaria), habrá observado una progresiva especialización, casi una atomización, de los saberes. Muchos aún recordarán los dos cursos comunes universitarios de Filosofía y Letras, que daban un bagaje cultural notable (Literatura, Historia, Arte, Filosofía, Lenguas clásicas, Geografía...). 
Es sin duda el mundo laboral el que exige una creciente especialización en el saber. Pero también es cierto que ese mundo laboral se nos aparece como algo inestable: cuántas personas deben cambiar de ocupación por motivos bien diversos, cuando ese cambio no significa quedarse sin trabajo. Si ese individuo sólo se ha preparado para una minúscula parcela profesional, se encontrará perdido en un mundo demasiado competitivo. Le faltarán armas para luchar. 
Creo que es un error trasladar la especialización profesional a los estudios secundarios y, en parte, también a los universitarios. Demos a nuestros estudiantes una preparación humanística suficientemente amplia como para tener una visión comprehensiva de la realidad. 
Tras un breve nombre (Latín, Griego) se esconde el estudio de todo un mundo rico y complejo: lengua, historia, política, costumbres, arte, religión... Palpita el alma de todo un pueblo que supo crear algo duradero. Tanto, que aún hoy bebemos de esa sabiduría.
Dejemos que la universidad sea eso: una «universitas» globalizadora, capaz de interpretar la complejidad del mundo actual. Tiempo habrá para descender a los detalles a través de estudios de postgrado y en la iniciación a la vida profesional. Organizar la enseñanza exclusivamente en función de la profesión equivale a cerrar futuros campos de actuación, con el peligro que ello comporta, y a limitar la formación a una mera trasmisión de conocimientos, la mayor parte de las veces unidireccional.
En parte, ¿no se deberán a eso las dobles titulaciones que hoy tanto abundan? Claro que, en algunos casos, hay un intento de rentabilización de unos estudios poco frecuentados. Pero, en otros, la posibilidad de abrir un abanico de salidas profesionales al estudiante es evidente. Quizá han comenzado a darse cuenta de que la excesiva especialización no es tan buena como parecía...