Una afirmación acertada dice que los niños han de ir a la escuela bien educados por sus padres. No es que la escuela no deba cooperar en la educación, además de promover la enseñanza, que es su principal misión. Pero es solo cooperadora en esa tarea: los padres tienen la indelegable obligación de velar por la educación integral de sus hijos como personas.
Cuando me encontré por las redes con la tira (pesimista, pero no exenta de realidad) del genial Quino, que ilustra estas líneas, me vinieron a la mente algunas consideraciones sobre la responsabilidad de los padres y la de la escuela. Pero también pensé inmediatamente en un hecho que vengo presenciando desde hace más de un año. Un hecho positivo, ejemplar y esperanzador
El caso es que descubrí en su momento a una escritora novel -y joven- que justo entonces comenzaba a publicar cuentos para niños, aunque ya tenía en la calle una novela corta (El secreto de los Mc Jeffersson), muy bien recibida, por cierto. Sin embargo, lo más llamativo era observar que la autora (Dulce Victoria es su nombre) escribía esos cuentos con una finalidad claramente educativa y solidaria. Y ambas cosas me llamaron poderosamente la atención.
Por un lado, en sus narraciones procura proponer a sus pequeños lectores algún valor que puedan incorporar a sus vidas (generosidad, respeto, comprensión, solidaridad...). Eso supone, sin duda, una valiosa ayuda para los padres y educadores.
Y, por otro, muchos de esos cuentos van dirigidos a aliviar y alegrar a niños enfermos. Así, mantiene una página en Facebook titulada "Cuentos solidarios", donde escribe y publica historias dirigidas a niños enfermos, y colabora activamente con el Hospital Sant Joan de Déu, proporcionándole cuentos dedicados a niños con enfermedades raras. Por ejemplo: "El jardín de las maravillas", "Margarita", "Martina no quiere hacer los deberes", "Tomás es un campeón", o "El invento navideño".
Me consta que muchos de esos cuentos, como también los que publica en un diario de su ciudad semanalmente, son objeto de lectura y comentarios en los hogares de los niños, y en varios colegios.
Estoy bien convencido de que, si cundiera el ejemplo de la propuesta que, solidaria y generosamente, ha hecho Dulce Victoria en pro de la educación infantil, los niños sí que irían bien educados a sus clases en la escuela. Pero, como siempre, todo debe empezar en la familia...
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sábado, 4 de febrero de 2017
sábado, 23 de febrero de 2008
CAPERVLA RVBRA
Hace unos pocos meses, recibí un correo electrónico de Meritxell, alumna de Latín que acabó el bachillerato el curso pasado, en el que me pedía un favor: enviarle la versión latina del cuento de Caperucita Roja, que hice años atrás, adaptando el texto a un lenguaje inteligible aún por los profanos en la materia.
Resultaba que Meritxell, que ahora estudia Magisterio de Educación Infantil, debía hacer un trabajo audovisual que le sirviera para su futuro desempeño docente. Al menos, eso es lo que entendí.
Por supuesto, le envié mi versión, que titulé en su momento Caperula Rubra.
(A propósito: en su momento, Mercedes también hizo una representación, que podéis ver aquí.)
Ya casi me había olvidado del tema cuando ayer, al entrar en el Instituto, me entregan un DVD con una nota: era la grabación de Caperula Rubra, escenificada con unas figuras -parecen de plastilina- muy simpáticas. Y no he resistido la tentación de ofrecérosla. Tiene el encanto de algo hecho con esmero e ilusión. ¡Enhorabuena!
¡Ah! y las excusas que me ofrecía Meritxell por los fallos de pronunciación no son para tener demasiado en cuenta.
Aquí os lo dejo.
Resultaba que Meritxell, que ahora estudia Magisterio de Educación Infantil, debía hacer un trabajo audovisual que le sirviera para su futuro desempeño docente. Al menos, eso es lo que entendí.
Por supuesto, le envié mi versión, que titulé en su momento Caperula Rubra.
(A propósito: en su momento, Mercedes también hizo una representación, que podéis ver aquí.)
Ya casi me había olvidado del tema cuando ayer, al entrar en el Instituto, me entregan un DVD con una nota: era la grabación de Caperula Rubra, escenificada con unas figuras -parecen de plastilina- muy simpáticas. Y no he resistido la tentación de ofrecérosla. Tiene el encanto de algo hecho con esmero e ilusión. ¡Enhorabuena!
¡Ah! y las excusas que me ofrecía Meritxell por los fallos de pronunciación no son para tener demasiado en cuenta.
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