martes, 10 de abril de 2012

El saber desinteresado

Replantear, recortar, reducir gastos, racionalizar el trabajo… Desde hace tiempo (demasiado  tiempo ya), estos términos están en nuestro vocabulario habitual. Ya sabemos en qué se traducen tales propuestas (… o imposiciones).

Quiero hoy referirme a un único aspecto de los llamados recortes que puede incidir negativamente –una vez más- en los estudios de humanidades clásicas, tanto a nivel de secundaria como a nivel universitario.
 Porque se viene hablando últimamente de suprimir estudios con poca matrícula (poca demanda, dicen). 
Se me ocurren algunas consideraciones sobre ello:

1. ¿Con qué criterio se ha de establecer si unos estudios pueden o no cursarse? ¿Basándose en una supuesta utilidad práctica? ¿Qué tipo de utilidad: el mercado de trabajo, el rendimiento económico? ¿Una planificación encorsetada que recuerde por desgracia los famosos ‘planes quinquenales’?
La equiparación de la universidad con el mercado de trabajo puede acabar siendo la ruina del conocimiento. Hay saberes que no tienen una utilidad práctica, pero que son necesarios. Como decía la filósofa y helenista francesa Bárbara Cassin: “las humanidades no sirven para nada en particular,pero pueden ser útiles para todo”.

No puede ser que el criterio económico-mercantil  sea el único a la hora de establecer qué estudios son buenos para la sociedad y cuáles no. Hay otros condicionantes –infinitamente más importantes- que deben tenerse en cuenta.

2. ¿Qué se entiende por poca demanda?  ¿Por qué hay pocos alumnos que desean estudiar Latín y Griego en el bachillerato –o en la universidad-?  ¿Alguien les ha informado objetivamente? ¿Ha habido una orientación veraz y neutral, o más bien eso se deja al albur del ambiente social que rodea al alumno?

Ya se sabe que las modas también afectan a la elección de estudios. Y el ambiente familiar. Y el social. Cuando un alumno se halla en la tesitura de enfocar su futuro, es muy necesaria una orientación adecuada, sobre todo, a las capacidades e intereses de ese alumno. ¿Existe una  orientación así? Cuántas veces un alumno escoge casi a ciegas, o movido por razones poco objetivas… ¿Le dejamos realmente al posible alumno de clásicas elegir con libertad, es decir, con conocimiento de causa, con apertura de miras y respetando su decisión? Al decir “dejamos”, me estoy refiriendo a la familia, a los profesores y al opresivo ambiente social que todo lo calibra en función de criterios economicistas.
Me pregunto ¿a cuántos profesionales de la filosofía, de la literatura, de la historia, de la ciencia, de la medicina… no les hubiera gustado tener unos conocimientos –siquiera elementales- de Griego para poder ir a las fuentes en sus materias?

Nunca serán las humanidades objeto de estudio por parte de las masas. Pero siempre lo han sido de las personas que han significado algo importante en el mundo. A este paso, los referentes sociales ¿serán unos grises y anodinos burócratas?

Porque, quizá nuestra sociedad está discriminando a unos alumnos -los de humanidades-, colgándoles la etiqueta de parásito social que debe justificar constantemente su existencia. 
Triste sociedad la que rehúye el saber desinteresado…