miércoles, 4 de abril de 2012

"El fado del profesor"

El último domingo de marzo, el profesor luso Gabriel Magahlâes publicó en La Vanguardia un artículo, sugerente como todos los suyos, que no me resisto a recoger en su integridad, aunque este post se alargue más de lo habitual. "El fado del profesor" viene a ser como una queja muy sentida del "analfabetismo que sabe leer y escribir, pero que ya no lee ni escribe".  Dejo al lector el juicio.

«Una tarde soleada. En una universidad lusitana, un profesor da la primera clase de literatura portuguesa a un nuevo grupo de alumnos. El maestro intenta calibrar los conocimientos de los jóvenes: “Díganme ustedes el nombre de un gran escritor ruso: el que quieran”. Silencio: trece silencios. Una chica más avispada, de mirada rutilante, se arriesga: “Alguien con un apellido terminado en oski…”. El profesor lo intenta otra vez:“¿Y el nombre de un gran escritor italiano?”. De nuevo, trece silencios. “¿Y un alemán?”. La chica aguda contesta: “¡Herman José!”. Herman José es un conocido humorista portugués: sale mucho en televisión y en las revistas. “Como a veces publica libros y su padre es alemán…”, explica la joven.
El profesor siente algo así como un mareo. Decide jugar por la otra banda. “Díganme ustedes el nombre de alguien que haya cambiado el mundo”. Respuesta explosiva: “¡Barack Obama!”. “Ese todavía no sabemos si ha cambiado algo”, comenta el maestro. La clase se alborota: “Entonces el otro, ¿cómo se llamaba? ¡Bush!”; “O el tío aquel de Iraq: ¡Sadam!”; “O el de Libia”. Una chica que se sienta en la última fila sugiere: “Adolf Hitler”. Se impone en el aula un silencio sorprendido: es como si se hubiese mencionado a Hammurabi.
El profesor, caminando entre los pupitres, observa a sus alumnos. Todos ellos son valiosísimos: cada uno tiene su misión en este mundo. Están llenos de virtudes, de posibilidades. Son horizontes humanos. La ignorancia que revelan no es culpa suya, sino sencillamente el resultado de un proceso social: con otras palabras, su ignorancia es nuestra ignorancia. Habrá que trabajar: clase a clase, intentar construir poco a poco un mínimo abecedario cultural. Todo se andará.
Ha estado recientemente en Barcelona, este profesor. Para dialogar con jóvenes universitarios catalanes: seres humanos del más alto quilate. Miradas entre soñadoras y chispeantes: de hecho, cada alumno es un hermoso paisaje. En los contactos que el profesor mantuvo con jóvenes pedagogos, gente activa, generosa e inteligente como Jordi Pujol  y José Quintano, se siente una gran preocupación ante la impresionante cabalgata de ignorancia que nos estamos
montando en Occidente y que afecta sobre todo a la juventud.

¿De dónde viene esta epidemia de un analfabetismo que sabe leer y escribir, pero que ya no lee ni escribe? En primer lugar, de la llamada sociedad de la imagen. Hace décadas, todo lo que era nuevo había que elogiarlo y la tarea del intelectual consistía en encontrar el modo más sutil de adular lo inédito. Por ello, se puso por las nubes a la sociedad visual. La del cine, de la televisión, de la publicidad. Hoy en día, hemos descubierto que una cultura que vive de imágenes jamás tendrá la misma potencia intelectual de una sociedad asentada en la alquimia de la palabra escrita.
En concreto, la televisión es más nefasta en el presente de lo que la Inquisición fue en tiempos pasados. Claro que hay excepciones, ciertos canales y programas, pero por lo general la caja que cambió el mundo provoca un vacío cultural asustador. No quema libros, sino el intelecto de las personas, lo que es peor. El cerebro de alguien que lee se transforma en una fuente;  el del que sólo contempla pasivamente destellos visuales, en un triste charco. La gloria de Occidente empezó con Gutenberg y terminó con la invención del mando a distancia para el televisor.
 Otro motivo de este desastre mental de la actualidad es el modo como nos hemos entregado a ese acelerador de partículas que es internet. Algo que ha transformado en un vértigo la marejada financiera del mundo, las contradanzas de la burocracia y el movimiento de los renacuajos del chismorreo.  Pero a la vida cultural no le ha dado más profundidad: sencillamente, todo se va convirtiendo en espuma. Y muchos jóvenes ya sólo se alimentan de palimpsestos informáticos. (Palimpsesto: Tablilla antigua en que se podía borrar lo escrito para volver a escribir)
Además, no se puede educar sin un claro horizonte de valores. ¿Cómo enseñar matemáticas a alguien sin el amor a la exacta verdad de las cosas? ¿Se puede hablar y escribir bien la propia lengua sin el sentido ético de la pulcritud? Las cosas que se enseñan a quien posee una estructura moral son como riachuelos que algún día llegarán a la mar. Por el contrario, los conocimientos que se transmiten a alguien sin formación ética tendrán tendencia a desgajarse: como esos libros mal encuadernados cuyas hojas se sueltan y se pierden.
El profesor vuelve a casa. Le apetecería musitar un fado: esa canción portuguesa desgarradora. Sobre todo porque sabe que, cuando llegue a su piso, su hija estará viendo la televisión. Habrá que sentarse en la alfombra, negociar la desconexión del monstruoso inquisidor de la vida moderna: empezar a leer con ella. Con tanta imagen, hemos regresado al tiempo de los jeroglíficos. Un poco más y cada uno de nosotros vivirá en su caverna informática dibujando bisontes con un lápiz virtual, de esos que sirven para firmar los recibos de las tarjetas de crédito.  En Portugal, casi no ha llovido este invierno: monotonías desérticas tras los cristales».