Una larga vida docente da para mucho. Entre otras cosas, para ver cosas de todos los colores y para ir acumulando experiencia, que de algo sirve.Y una de las cosas que se vienen produciendo desde hace ya años es el gusto, desmesurado a mi entender, por los experimentos pedagógicos. Ahora, parece que lo se lleva es hablar de las competencias mínimas o básicas. Obsérvese que ya ha pasado a mejor vida aquello de los contenidos mínimos. Como que en esto andamos bastante mal (véanse los informes PISA, que algo indican al respecto), hay que bajar un poco el listón.
Traigo este asunto a colación porque hoy mismo hemos tenido en mi Instituto una sesión de trabajo sobre el tema. A mí me ha sonado a más de lo mismo (en realidad, otra vuelta de tuerca a lo mismo): constructivismo, enseñanza dialéctica (todo hay que hablarlo con los alumnos: solo falta preguntarles si están de acuerdo...), minimalismo (parece como si la pedagogía estuviera empeñada en que cada alumno dé solo lo mínimo que puede dar), burocracia ineficaz, y utilitarismo, grandes dosis de utilitarismo.
Hubo un momento genial en la sesión, cuando la ponente llegó a afirmar que debe desterrarse de la programación todo aquello que no es útil para el alumno.
Y a mí, pobre profesor de clásicas, por poco me da un pasmo. Lo mismo que a la profesora de lengua catalana que tenía al lado, o a la de matemáticas que estaba algo más allá, o a la de filosofía que, al manifestar su desacuerdo, recibió una pequeña regañina, más que una respuesta...
Tendría gracia si no fuera porque es bien triste que llevemos ya unos cuantos lustros educando a alumnos-conejillos de indias (y que me perdonen los alumnos), porque unos cuantos pedagogos iluminados se sienten en la obligación de demostrar que sirven para algo.

