martes, 3 de septiembre de 2013

Comenius redivivus

Septiembre es un mes propicio para comenzar. Y no solo el curso escolar, sino también para iniciar propósitos, redescubrir objetivos, emprender viejos anhelos... Viene a ser como un comienzo de año... pero más efectivo y real.

Es el momento en el que el profesor se plantea sus objetivos que -este curso sí- hará realidad. Ilusión, ganas y profesionalidad no faltan, a pesar de las zancadillas que proliferan en el camino.

Y puede ser una excelente ocasión para volver a recurrir a Comenius, un verdadero filón de consejos muy puestos en razón y auténticamente modernos. Ahí van, por tanto, algunas perlas suyas.

En primer lugar, una definición de educación muy aprovechable:
«el arte de hacer germinar las semillas interiores que se desarrollan no por incubación sino cuando se estimulan con oportunas experiencias, suficientemente variadas y ricas y sentidas siempre como nuevas, incluso por quién la enseña»
Un certero diagnóstico de la enseñanza de su tiempo, que podemos firmar en la actualidad:
El asno en clase, de Brueghel el Viejo.

"Para educar a la juventud se ha seguido, generalmente, un método tan duro que las escuelas han sido vulgarmente tenidas por terror de los muchachos y destrozo de los ingenios, y la mayor parte de los discípulos, tomando horror a las letras y a los libros, se ha apresurado a acudir a los talleres de los artesanos o a tomar otro cualquier género de vida".
Para todos los colegas latinistas, una larga cita para que no se duerman en los laureles y den un paso adelante en las metodologías activas:
"Si nos fijamos en el estudio de la lengua latina (aunque no sea más que a la ligera y como ejemplo), ¡gran Dios, qué intrincado, trabajoso y prolijo lo han hecho! Cualquier aguador, cantinero o zapatero de viejo, entre los oficios de baja condición, culinaria, militar o de cualquier otra índole, aprenden antes una lengua diferente de la suya, y aun dos o tres, que los alumnos de las escuelas con gran tranquilidad y sumo esfuerzo llegan a conocer tan sólo la latina. ¡Y con qué aprovechamiento tan distinto! Aquéllos al cabo de unos pocos meses ya charlan de lo lindo sus idiomas; éstos, después de quince y aun veinte años, sostenidos con los andadores de sus gramáticas y diccionarios, apenas si pueden expresar en latín unas pocas cosas, y esto no sin duda y titubeos.¿De dónde puede provenir esta lastimosa pérdida de tiempo y trabajo sino de un método vicioso?"  

Y, para todos, esta advertencia rompedora:
"En vez de consultar textos muertos hay que abrir el libro viviente del mundo".
Mis más sinceros deseos de que el curso que comienza sea provechoso para profesores y para alumnos.



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