lunes, 16 de junio de 2008

EL FONDO Y LAS FORMAS

Hace pocos días, leí en un diario la carta de una lectora que protestaba porque a su hijo de 2º de la ESO le habían aprobado un examen (no decía de qué) en el que la criatura había plasmado 50 faltas en 20 líneas.
Había, a continuación, una carta-respuesta (más que respuesta era una aprobación de lo que decía la madre) de Salvador Cardús (con cuyas ideas estoy de acuerdo algunas veces), en la que ahondaba un poco en el tema. Venía a decir que un fondo sin forma pierde su consistencia y no es nada. Y, además de abogar por el cuidado de la forma ortográfica, pasaba también a considerar otras formas, habitualmente descuidadas hoy en educación como son, por ejemplo, la postura de los alumnos en clase o su atuendo.


Es evidente que, desde hace ya tiempo, hay una tendencia a dejar de lado las formas como si se tratase de algo que anula la naturalidad. Se nota en todos los ambientes (¿cuánto hace que no vemos a nadie levantarse de un asiento en el autobús para dejar el sitio a una persona mayor?), pero en el aula se observa de manera especial y abundante.
No sé si muchos de mis colegas estarán o no de acuerdo, pero me temo que el ámbito educativo es el peor sitio para experimentar con este tipo de maneras. El peor y el menos indicado, porque
se supone que la escuela es el lugar donde se aprenden actitudes y hábitos para el futuro.
Ver a un alumno con los pies encima de una silla; o adoptando una postura más de sofá que de otra cosa; o campando por la clase a su antojo sin mediar permiso... todo eso constituye el panorama habitual de muchas de nuestras aulas de la ESO. La cara que se les pone a nuestros alumnos si se les dice algo, es una mezcla de incomprensión y de sorpresa: no se han planteado que su manera de hacer sea poco correcta...
¿Y la manera de expresarse? Sin la más mínima mala intención, les sale espontáneo el ¡profe! Algo he conseguido cuando, a un requerimiento de este estilo, respondo con un ¡alu! que les deja descolocados. Como no consiguen entender de qué voy, les aclaro que cada profe (de profesor) será correspondido con un alu (de alumno). A partir de aquí, aunque a veces se les escape, pasan directamente a decir mi nombre.

¿Cuál ha de ser nuestra actitud? Por supuesto, ni ceder ante todo ni pretender volver a los años 50. Pero, ¿dónde situar el término medio? No tengo la solución (a lo mejor alguien la tiene...), pero habitualmente me da resultado hablar en privado con esos alumnos. Lo peor que podemos hacer es una reconvención pública.

Tengo que buscar la cita, pero hace tiempo leí en un libro del filósofo Carlos Cardona, titulado Ética del quehacer educativo, una frase de Goethe, que decía algo así como:

A los alumnos hay que tratarlos mejor de lo que se
merecen porque, si no, los hacemos peores de lo que son.

Creo que es un sabio consejo.

1 comentario:

Sebastià Giralt dijo...

Un molt consell que resumeix molt bé l'actitud que ha de tenir un "profe". La manera de comportar-se dels educadors -professors o pares- i la coherència són molt més efectius que cent sermons. I jo també penso que les formes són bàsiques, encara que no ho siguin tot, és clar.